Antes de casarnos, mi marido vivía solo. Iba a comer a casa de sus padres los domingos —qué costumbre tan española, ¿verdad?—, pero vivía solo. Y eso quería decir que tenía que prepararse él la comida. No es que eso le supusiera un problema aunque trabajaba todo el día y en la otra punta de Madrid. Por un lado, en su sueldo iba incluido algo de lo que jamás disfrutaremos los autónomos: tickets restaurante. Por otro lado, era joven, no le preocupaban nada las calorías y le daba exactamente igual zamparse, sin pensárselo dos veces, una hamburguesa con ración extra de patatas fritas o un chuletón que hubiera servido por sí solo para alimentar a los habitantes de una aldea pequeña. Y para las ocasiones en que tenía que anudarse el delantal, porque no le quedaba más remedio, desarrolló una versión muy particular de la gastronomía que él llamaba «cocina defensiva».

La cocina defensiva era, como su nombre nada sutil sugiere, un bastión. Se trataba de evitar el hambre, si tenía que comer en casa, con platos contundentes, descomplicados y que llenasen bien la tripa, sin otras aspiraciones. La idea no era elaborar creaciones sutiles, refinadas y de óptima presentación, sino obtener el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo; para que nos entendamos, preparar cosas fáciles que resultaran abundantes. De su sartén salían sin mayor problema huevos fritos (de dos en dos, por supuesto), sándwiches de varios pisos y pasta, mucha pasta. Para los espaguetis se especializó en un aderezo que yo bauticé, sin mucha sutileza tampoco, «salsa salvaje», que llevaba, además de tomate frito y con cierta frecuencia champiñones, casi cualquier cosa que pudiera encontrar en la nevera.

¿Qué tienen que ver las prácticas de alimentación de supervivencia de un soltero hace dos o tres lustros con la corrección de ahora mismo? Pues mucho. Muchísimo. Más de lo que pueda parecer a primera vista. Porque con el idioma pasa lo mismo.

Me explico. Todos sabemos comunicarnos con eficacia al hablar. Es algo obvio. Los hablantes nativos de una lengua determinada no van a tener, de entrada y sin que medie problema físico o mental, inconveniente alguno para que lo comprendan personas que también se desenvuelven en esa lengua: no habrá impedimentos para expresarse ni para comprender a los demás. El paralelismo con la cocina defensiva es claro: los macarrones con salsa salvaje te llenan el estómago y te proporcionan hidratos, proteínas y otros nutrientes; el hablante de un idioma entiende y se hace entender. ¡Más que suficiente!

Subamos el nivel de habilidad del cocinillas en cuestión. Puede que la receta sea un poco más refinada y que se hayan resuelto muy bien unas carrilleras al oporto, por ejemplo, o una tarta de limón, con su merengue tostado con soplete y todo; puede que el nivel de uso del idioma rebase el que en un currículum calificaríamos de «nivel usuario» y que resulte algo más experto; que se sepa, volvamos a lo lingüístico, expresar lo que se quiere transmitir también por escrito con soltura y con solvencia.

En el tope de esta gradación estaría el cocinero profesional. Este personaje es un experto chef que tiene absoluta consciencia y conocimiento de cómo y por qué utilizar cada ingrediente, es alguien que usa los elementos de su oficio con un conocimiento que nace del estudio y de la experiencia. Esa pericia le garantiza al comensal una experiencia inmejorable, un resultado óptimo. Pues ahí, en el campo del idioma escrito, es donde estamos los correctores. Sabemos usar los ingredientes (la ortografía y la gramática, además de los insondables misterios del estilo) para que el texto sea eficaz, ortodoxo y, dentro de su ámbito, perfecto. Los correctores somos gente con estrellas Michelin. Y, como en los restaurantes, cuantas más, mejor.

La verdad, deberíamos ponernos también nosotros una placa en la puerta.

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