Hay quien dice que el grafiti es un arte. A mí, la verdad, no me gusta; salvo contadas excepciones, me parece que ensucia el ambiente y que introduce un ruido visual innecesario. Es verdad que algunas pintadas son curiosas y hasta monas: al entrar en Madrid por la A-1, creo que es ahí, hay varios corazones pintados en las columnas consecutivas de un puente elevado. Cada uno lleva un color del arcoíris y el resultado es gracioso, pero yo no los habría colocado ahí. Nada como una pared blanca bien encalada, un muro de ladrillos de simetría perfecta o la lisura de la pintura, del mármol o del material que sea.

A veces, sin embargo, me topo con algo que me sorprende. Me ocurrió con la imagen de la foto. Quien manejaba el frasco de pintura se tomó la molestia de entrecomillar la palabra punki. De haber estado yo ahí en el momento de hacer la pintada, le hubiera dicho que esas comillas no hacían ninguna falta. Me divierte que pusiera ese cuidado, pero era innecesario. ¿Por qué? Pues porque la voz punki la recoge, tal cual, el diccionario. Y la recoge así, sin ningún resalte; es decir, sin cursiva, que en la escritura a mano se suele sustituir —¡bien por el artista callejero!— por comillas. Solo que en este caso el chaval (o la chica) se pasó de cauto, porque esa palabra ya está adaptada al castellano: se admite como una más del idioma y, por tanto, se trata como tal. Habría tenido que poner cursiva si hubiera usado el término original, el extranjerismo crudo, en inglés, que, como ya sabemos, es punky. Pero no con la versión castellanizada.

El grafitero anónimo, pues, se pasó de purista. Además, quizás no sabía que las comillas cuyo uso recomienda la Real Academia en primer lugar son las angulares y no las inglesas, que son las que aparecen en la foto, pero ese es otro tema.

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