Sí, la hay. Excomunión, nada menos. El robo de un libro de una biblioteca era un delito tan grave que los ladrones se enfrentaban a la pena, moral y por ello durísima, de ser apartados del sacramento de la Comunión. Resulta curioso, pero, con todo, no eso lo más interesante para cualquiera que se dedique a la corrección de textos, quizá tampoco para el lector corriente. Enseguida llama la atención la forma en que está escrito el texto de la foto, cómo se especifica contra quién va dirigida la amenaza espiritual: «qualesquiera personas […] que enagenaren algún libro […] de esta bibliotheca».

¿Mal escrito? Sí y no. Sí, claro, ya no se escribe así. No, por supuesto, puesto que, cuando se redactó ese texto, esas eran las normas. Lo eran en ese momento.

Y ahí, en el momento, está la clave. La lengua es algo vivo, lo sabemos; es hija de cada época, como nosotros. Y cambia, más de lo que creemos. La famosa tilde de solo, que aparece en los medios de comunicación de cuando en cuando (don Arturo Pérez-Reverte es uno de sus partidarios, otros son detractores acérrimos) está vetada desde 2010, cuando se publicó la última versión de la Ortografía académica. Gente muy culta silgue poniendo, asimismo, tilde en este, ese o aquel, cuando, desde ese mismo año, su uso supone una falta de ortografía (sí, ¡falta de ortografía!). También a partir de 2010 es incorrecto escribir guión, puesto que la Real Academia Española consideró que se trata de un monosílabo a efectos ortográficos.

Con todo esto, venimos a decir que la falta de ortografía va mucho más allá de obviedades como cambiar la B por V. Un buen corrector de textos está formado para detectar todas estas cosas (y muchas más) y normalizar un escrito; es decir, ajustarlo a la norma académica. Se trata de tecnicismos que el hablante no tiene por qué conocer, pero que el lector puede detectar y que el corrector debe enmendar para que el texto sea, valga la redundancia, correcto: para que esté acorde con las normas ortográficas y gramaticales de su época. Porque puede que su autor no merezca la excomunión, pero, desde luego, un texto sin corregir es un pecado.

Foto: M. L. Toribio.

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