Las certezas absolutas son, en el ámbito de la corrección de textos, muy peligrosas. No hablo de las convicciones que nacen de una vida laboral completa, de la experiencia y del conocimiento. Me refiero a la falta de cuestionamiento del novato, a esa ignorancia atrevida del «esto es así». ¿De verdad lo es…? Porque a lo mejor resulta que no.

En las series o las películas de abogados aparece siempre un pequeño resquicio legal en una norma que parecía clara. Es ese resquicio o esa interpretación cogida casi por los pelos lo que permite que ganen los buenos, ¿a que sí? Pues al corregir un texto, son esas pequeñas variantes, esos quiebros de la norma, lo que diferencia a un buen profesional de otro que no lo es tanto. Porque un corrector experimentado sabe de esos recovecos, sabe que existen y que son trampas mortales. Sabe que pueden estar. Se cuestiona su propia certeza. Duda. Y, como duda, consulta, y recurre a la Ortografía o a la Gramática o al Diccionario panhispánico de dudas una y otra y otra vez. Hasta que ya, a base de experiencia, deja de necesitar consultarlo. Pero, para llegar a ese punto, primero ha debido preguntarse si está tan seguro de que las cosas son como de entrada le parecía que eran.

¿Ejemplos? Vamos allá. Los pronombres, para empezar, son un auténtico quebradero de cabeza. La/lo para complemento directo y le para indirecto, ¿verdad? Sí. Y no. Hay un millón de excepciones (verbos de influencia, verbos de afección psíquica, casos especiales según el sujeto sea animado o no, verbos que han cambiado su régimen con el uso) y conviene no dar por sentada una norma monolítica que no existe. La duda es imprescindible.

Otro ejemplo: no se pone coma antes de y. Pues sí, a veces sí que se pone. La Academia señala determinados casos en que esa coma es necesaria. Sigamos: al final de una oración siempre se escribe punto. Pues… ¡no! Otro ejemplo más: después de dos puntos siempre va mayúscula, o después de comillas. Pues tampoco. Algunas veces sí y otras no. Depende. Y ¿de qué depende? De lo que establezca para el caso concreto la norma, una norma que a veces es extensa e incluso algo laberíntica; una norma que en ocasiones es complicada y que contempla excepciones para las excepciones. Un buen profesional de la corrección de textos sabrá esto, lo tendrá en cuanta y tendrá la capacidad de cuestionarse certezas que parecían inamovibles. Y lo hará en beneficio del texto que en ese momento tenga entre las manos.

El empleo de la duda será una herramienta imprescindible, pues, para un buen corrector de textos. Una duda medida, razonada y razonable, nacida de un conocimiento previo; una duda que parte de un estudio y una dedicación que mejoran al corrector; una duda que hace que lo que se hace se haga mejor porque está basada en una competencia profesional sólida. El estudio genera a la vez certezas y dudas que a su vez conducirán a más certezas. Y así es como crece el buen profesional. Paradojas de la vida.

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