Lo de la foto se llama «casamiento». Es un higo seco, rebozado en harina de arroz, que se abre con los dedos y al que después se le mete dentro un pedazo de nuez. También puede hacerse con castañas, pero la verdad es que a mí con nueces me gusta más. La nuez tiene un punto amargo, una dureza acerada que equilibra muy bien el dulzor reconcentrado del higo, y la castaña siempre me ha parecido más sosa. Asada tiene un pase, porque se vuelve aromática y acogedora, reconfortante en el cucurucho bien sujeto entre las manos, con los dedos muy abiertos, pero cruda no me gusta mucho. Su tacto es resbaladizo y frío, me parece como de plástico, rechina cuando la aprietas entre los dientes.
Hoy es primero de noviembre y en todo el país la gente ha ido a los cementerios a honrar a sus muertos, a recordarlos, a limpiarles el sepulcro, a rezarles un poco y quizá también a dar gracias por que estuvieron. Yo me acuerdo de los míos, claro, pero me acuerdo más de otra cosa. No me disculpo siquiera, porque ese otro recuerdo me lo inculcaron ellos y sostiene lo que soy, gran parte al menos.
Para mí, hoy es el día de los casamientos. Aunque los tomo desde santa Teresa, hoy es el día en que Justa nos llevaba a mi hermana y a mí, abrigaditas, de paseo hasta el pozo para comer la chaquetía. La chaquetía…, una merienda de casamientos, de frutos de otoño, que se tomaba, supongo que se toma aún, al aire libre. Nosotras íbamos las tres hasta el pozo, que no estaba ni lejos ni cerca y al que se llegaba por un caminito que partía de la carretera, a perpetuar esa costumbre, esa tradición quizá centenaria. Justa misma iría con sus padres a comerse su chaquetía a un campo no muy distinto del que yo conocí entonces.
Hace un rato estaba corrigiendo un texto (sí, aunque sea fiesta) y pensé que si yo me encontrara con esa palabra en un texto ajeno, con toda probabilidad tendría la tentación de ponerla en cursiva. Y no. No, porque los localismos, si son el alma de un texto, si alientan su espíritu mismo, si son comprendidos y valorados por la comunidad que los recibe, no requieren de ninguna cursiva altanera que indique que esa palabra está mal escrita o es extranjera o que, muchísimo menos, le atribuya ironía.
Poco tiempo atrás corregí el texto de una poetisa, extremeña también, casualidades, que hablaba de «resencio». ¿Lo recoge el diccionario? No. ¿Lo puse en cursiva? Obviamente, tampoco. A poco que se busque, ese relente o humedad aparece como un término comprensible y comprendido, asentado en el lugar de procedencia de la autora. La cursiva estaba de más.
La chaquetía está en lo más hondo de mi vocabulario y nunca, hasta ahora mismo, se me había ocurrido buscar la palabra en el diccionario. No viene, claro. Sin embargo, sí tiene su propia entrada en Wikipedia. En la pantalla de mi ordenador, en este Madrid tan lejano a esas costumbres pegadas a la tierra, van desfilando nombres familiares: Almendralejo, Zafra, Mérida. Tierra de Barros. Mi tierra. Jebrero. Justa, mi hermana y yo y unas cestitas de mimbre con tapas y motivos grabados a fuego que nos regalaron y en las que llevábamos la merienda.
No, a la chaquetía no le hace ninguna falta la cursiva. Por lo que he explicado con brevedad arriba y porque toda ley tiene una trampa (por favor, nada de pasar a cursiva por sistema toda voz que no recoja el diccionario). Y porque la literatura, no lo olvidemos jamás, tiene un lado espiritual. A las razones de ortografía sumamos, a veces, las razones del alma. Y un buen corrector de textos, un corrector de estilo meticuloso y sensible, las respeta. Y las comprende, con un poco de suerte. Un poco.

Ir al contenido